Continuación

Para alguien como yo la vida en la escuela es simplemente monótona. A diario el mismo camino, los mismos amigos, las mismas bromas, lo mismo, lo mismo, y más de lo mismo. Sólo de vez en cuándo algo extraordinario viene a condimentar el día y a hacerlo memorable, por bien o por mal.

Hoy, como era de esperarse, todo avanzaba con esa normalidad a la que estoy tan acostumbrada, que ni siquiera le presté atención a ese hombre que se dirigía al penúltimo salón del segundo piso del tercer edificio.

¿Qué pasaba en el penúltimo salón del segundo piso del tercer edificio? No lo sé.

El hombre de ingenio agudo y sonrisa un poco malévola, pero siempre con buena vibra, que conocí hacía apenas unos tres años, estaba allí, pero la sonrisa y la buena vibra se habían borrado de su cara ahora lampiña, porque de paso su característica barba se borró también.

Los jovencitos que antes salieran alborotados de ese salón, ahora aparecían cabizbajos, hablando quedito, abrazándose y hasta llorando. Puros malos presagios. El nerviosismo se apoderó de mis piernas y mis brazos.

Uno, dos grupos más y el resultado fue el mismo. Una sentencia seguro fue dictada en ese salón.

¿Qué pasaba en el penúltimo salón del segundo piso del tercer edificio? Ahora tenía miedo de averiguarlo.

Una vez que los últimos rayos del sol desaparecieron, él salió por fín de allí y, fue sólo por un instante pero, pude ver la cara afligida de ese hombre, ese hombre al que hubiera imaginado en cualquier situación, menos en la que podía ver en ese momento. Aún con su paso rápido, en su perfíl pude distinguir sus labios temblorosos y sus lágrimas cayendo.

Atrás sus alumnos también llorosos, le aplaudían y coreaban su nombre. Fue sólo un momento, pero antes de que él desapareciera en las escaleras, yo ya estaba llorando con todos ellos y asumiendo lo peor.

¿Qué pasó en el penúltimo salón del segundo piso del tercer edificio? No lo sé y me da un poco de miedo averiguarlo.

Sé que eso me supo a otra despedida… y aunque preferiría no pensarlo, esta podría ser permanente.

Y así es como una tarde te toca ver a quien creías inmortal, caer primero.

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