Frustración

La habitación estaba póbremente iluminada por la luz que entraba por la ventana, proveniente de la luna. En el suelo se alcanzaban a ver montones de papeles, lápices, pinceles y otras cosas regadas. Las paredes estaban manchadas de pintura al igual que su cara. Él era un desastre también. Sus manos estaban sucias y su camisa desabotonada y rota. Sus cabellos revueltos le cubrían los ojos y en sus mejillas se marcaban caminos formados por lágrimas. Su respiración era dificultosa y sus músculos estaban tensos.

Una nube cubrió a la luna y por un momento la habitación quedó en la penumbra. Cuando volvió a brillar él decidió mirar lo que había hecho. Se tranquilizó un poco, dio una fuerte aspirada, cerró los ojos y esperó un instante. Cuando pareció haber tomado una decisión, metió la mano en su bolsillo y sacó una caja de fósforos. Entonces su rostro volvió a ponerse tenso; estaba furioso, estaba demente.

De un movimiento rápido encendió el fósforo y lo arrojó al centro de la habitación.

-¡Que arda! ¡QUE ARDA TODO!

 Pensó que sólo el fuego se llevaría ese sentimiento que oprimía su pecho.

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