Una noche muy corriente

Eran casi las nueve y media de la noche. Las calles de la ciudad estaban iluminadas y llenas de gente. Familias cenando fuera de casa, parejas haciendo el ambiente un tanto pegajoso, colegas tomando una copa. El sonido de un saxofón resonaba por todas partes, tan lejano y tan cercano, sin poder decir cuál era su procedencia, flotaba por el aire haciendo la escena bastante melancólica. Las nubes grises cubrían casi por completo el cielo, dejando por momentos ver una hermosa luna llena, brillante pero pálida que se anunciaba aún estando cubierta. Se respiraba ese típico aroma a humedad que anuncia una tormenta, pero la vida nocturna no se detenía por nada.

Yo esperaba en un oscuro callejón. Hacía frío, pero yo esperaba. La gente pasaba, demasiado ocupada con sus propios asuntos ni siquiera notaban que yo estaba allí. Sólo un ebrio que ya ni siquiera podía mantenerse en pie se dio cuenta de que aquí había “algo”, pero tan ahogado como estaba sólo bastó con ver mis brillantes ojos para que saliera corriendo… o al menos eso intentó.

Mezclado con la humedad llegaba hasta mi naríz el olor de algo caliente. Era aquél restaurante de comida Italiana que estaba en frente. La comida que servían parecía ser deliciosa, el lugar nunca estaba vacío. Me encataría probarla alguna vez, aunque la enorme señora que parece manejarlo siempre me dice que esa comida no es para alguien como yo, que debo saber cuál es mi lugar y comer lo que comen los que “son como yo”. Vaya manera de tratarme es esa, yo tengo más clase al pasearme por este sucio callejón que ella cuando sale a “lucirse” por el centro. Y también sé mucho más que lo que ella podría aprender en lo que le queda de vida. Es una vieja amargada y todos lo saben. Oh, pero los señores que trabajan para ella son otra historia.

Arriba del restaurante hay un pequeño apartamento donde aquella familia se queda cuando no están trabajando, mientras la amargada vieja va a su gran casona, llena de muebles caros y unos cuantos sirvientes, “a descansar”, como si hiciera gran cosa… lo siento, no es que me deje llevar con facilidad, es sólo que no soporto a esa mujer. Volviendo a lo de antes, ellos son una pequeña familia de tres integrantes. Un pareja de casados ya de cierta edad, muy amables y parece que siguen tan enamorados como el primer día, y su hijo, un joven bastante servicial y muy bien educado, en el fondo una combinación rara de soñador-aventurero-frustrado-torpe-pero-optimista chico. Ellos son originarios de Rusia, por eso sus distintivos rasgos saltan a la vista, pero cuando el jovencito nació al señor se le safó un tornillo -o casi- y dijo “¡Vámonos a Italia!” y alli vivieron al menos 12 años para luego venir a esta ciudad tan surreal, pero tan precaria de muchas cosas. Aún no entiendo por qué personas como ellos siguen viviendo aquí, aunque bueno, creo que yo moriría si ellos se fueran.

Un departamento pequeño para una pequeña familia. Si yo tuviera una enorme casa los llevaría a vivir allí conmigo, pero sólo tengo esta pequeña caja en este sucio callejón. De cualquier manera, no parece hacerles falta. Al entrar a su departamento se percibe un aroma muy peculiar, uno de esos aromas que evocan imágenes que creías olvidadas, pero seguían rondando en el fondo de tu memoria. Provoca una sensación muy cálida y un sentimiento de que allí es a donde perteneces… tal vez a eso es a lo que llaman “un hogar”.

¿Cómo sé todo esto? Ellos me contaron su historia. Cada vez que el señor tiene un rato libre me llama para que me siente frente a él y comienza a contarme historias de su pasado. Cuando lo hace sus ojos brillan como los de un niño contando sus aventuras imaginarias. Por la noche, después de cerrar, la señora sale a estirarse un poco y respirar la brisa nocturna. Parece gustarle la imagen vacía de esta ciudad. Yo me acerco a acompañarla y ella me mira con una sonrisa y me acaricia la cabeza, luego sube al departamento a dormir. Yo miro un rato hacia sus ventanas, esperando. Aunque haga frío, espero.

Entrada la noche, cuando los señores ya están dormidos, se enciende una luz tenue y el muchacho abre su ventana invitándome a pasar. Puede parecer demasiado atrevido de su parte… aunque creo que de la mía también, porque siempre acepto su invitación. Saltando aquí y allá llego hasta donde él está y entro al cálido hogar. Él suele escribir mucho. Tiene montones de cuadernos apilados junto a su cama, que más bien es un sillón, ya que la única recamara está ocupada por sus padres, pero a cambio toda la sala es para él; cuadernos llenos de historias, poemas y canciones, ideas que de pronto llegan a su cabeza en sus noches de insomnio, algunos dibujos, sueños, pequeñas partes de su alma. Siempre que llego él está escribiendo algo y yo espero, intentándo no dormirme porque ya no hace frío, espero hasta que termina. Entonces se recuesta y mira el cielo. Siempre me deja recostarme junto a él y comienza a contarme todo lo que piensa, susurrando, cuidando no despertar a sus padres tal vez, aunque más bien creo, que no quiere que el mundo se entere de sus sueños por miedo a quedarse vacío.

Incontables noches han pasado en las que él habla y yo escucho. Él hace gestos con sus manos y sus ojos brillan como los de su padre, yo trato de no respirar para evitar perder cualquier detalle. Él dice cosas divertidas por aquí y por allá, me mira y se ríe y yo con él… a mi manera. Somos como complices.

Cuando por fín se queda dormido lo miro un rato. Sus mejillas se encienden y se nota tanto porque su piel es casi tan pálida como la luna. Su cabello podría ser tan suave como el mío y le cae en la cara de una manera graciosa. Lo miro y espero. Miro al cielo y sigo esperando.

Una vez me descubrí pensando en que ya no quería ser yo. Quería ser como él. Quería ser como los que lo rodean. En ese momento vi una luz que pasó rápidamente por el cielo nocturno. Estoy segura de que era una estrella fugaz, así que se lo pedí. Le pedí que me cambiara de forma. Que pudiera ser como él. Poder ser como él para poder hablarle y que me entendiera. Hacerle saber que lo escucho cada noche y que me sé de memoria cada una de sus historias. Que lo entiendo. Para que ya no vuelva a decir “Ojalá entendieras de lo que te hablo”.

Antes de que el sol se digne a asomarse, y con él llegue la vieja amargada, yo salgo por donde entré y vuelvo a mi pequeña caja de cartón en el sucio callejón de enfrente. Como todos los días veo a la gente pasar, observo su comportamiento y aprendo todo lo que puedo, mientras espero. Haga frío o no yo espero. Tal vez todo lo que aprenda me sirva para cuando la estrella fugaz cumpla mi deseo. Mientras tanto, siendo una simple gata que vive en una pequeña caja en un sucio callejón, yo sólo espero. Pase lo que pase, espero.

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  1. #1 por Aruheri el octubre 11, 2010 - 10:17 pm

    *-* ♥
    Gatito :3

  2. #2 por Aiko el octubre 15, 2010 - 10:28 pm

    Me di cuenta de que hablabas de un gato en el segundo párrafo, aunque no estuve segura hasta leer párrafos más adelante…

    Me encantó C: me encanta como habla de esa familia tan pequeña y cálida, acogedora… y me encanta como habla del joven, de querer ser como él… de querer decirle que si lo entiende y que lo escucha siempre… eso es algo muy bonito…

    Y siempre esperando… esperando algo que le gustaba, algo por lo que valía la pena seguir ahí, esperando que su deseo de ser como él se hiciera realidad…

    Una curiosa gatita (:

    Cuidate Moko-chan!!…

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