Desde que tengo memoria, todo mi entorno hacía que fuera natural que aprendiera a tocar el piano. Comenzó cuando tenía tres años. Mi padre era trompetista, y tanto él como mi madre tenían el empeño común de hacerme aprender a tocar el piano. Mi casa era un hogar clásico. Había montones de obras orquestales. Más adelante, sin embargo, hubo también música francesa y tangos. Es una historia divertida, pero… como no me permitían ver la TV, no sabía nada en absoluto acerca del rock. A mi padre también le gustaba mucho el Enka. Sin embargo, nunca lo escuchaba en casa, aunque sí en el coche, cuando iba conduciendo. Su coche siempre tenía un fuerte olor a perfume y, para mí, que me mareaba con mucha facilidad, suponía una tortura. Era, sin duda, como emborracharse. El Enka sonaba aquella vez, y yo me sentía borracho y espantosamente mal. Quería salir de inmediato del coche. Me tapé los oídos con las manos y recé para que me dejaran salir. A causa del Enka, quedé condicionado a hacer eso. Realmente odiaba el Enka. Ahora, cuando lo escucho, me resulta una bonita melodía. Pero cuando era niño no escuchaba las letras y la música Japonesa en sí misma era incompatible conmigo. En mi libro de texto de música aparecían muchas rimas y canciones infantiles y acordes menores. ¿Por qué la música Japonesa es tan oscura y deprimente? Todas las melodías son tristes. Comparado con esto, las piezas clásicas orquestales son violentas y poderosas. Brillantes. Inevitablemente, me sentía más atraído hacia la música extranjera que hacia la japonesa. El profesor que comenzó a enseñarme cuando tenía tres años era una buena persona. Me encantaba el piano. Tal vez porque era divertido ver a aquel profesor. Me gustaba tanto que nunca protestaba cuando tenía que practicar.
Sin embargo, cuando entré en la escuela elemental, las lecciones de piano se volvieron desagradables.
Comencé a tener dudas y preguntas cuando cumplí los siete años. Practicar piano se había convertido en algo de lo que me avergonzaba.
Tenía la poderosa sensación de que me habían creado para hacer aquello. Era insufrible. Nos trasladamos varias veces y, en cada ocasión, cambiaba de profesor. Esta fue una de las razones que me hicieron aborrecer el piano.
A los siete años fue cuando casi me ahogo en el mar, ¿verdad? A partir de ese momento, mi mundo se convirtió en una galería abierta.
No importaba qué profesor tuviera en cada ocasión, todos me golpeaban. Me soltaban cachetes en el brazo y en el hombro. “¿Te apetece seguir con esto?”, decían con un tono de voz helado. En mi corazón se inflamaba la rebelión. Quería dejar el piano. Sin embargo, mis padres no me lo permitían. Me preguntaba cómo podría dejarlo.
Lo único que podía hacer era conseguir que mi profesor me odiara. Enrosqué una cadena en torno a la puerta de su casa y la até para que no pudiera entrar desde el exterior. Me llamó niño estúpido [lit.: travieso] y me tiró una piedra. Lo puse furioso, pero todo lo que yo quería era hacerle decir: “Este niño es un irresponsable. Hagan que deje el piano.” Y también quería que mis padres creyeran que mi profesor no estaba en casa.
Mi deseo se hizo realidad y pude dejar el piano a los 11 años.







Abril 13, 2009 a las 5:48 pm
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